Guatemala, 2 de diciembre de 2010
Adiós, mi Chinito
Me cambiaste la vida desde el primer instante en que llegaste. Te convertiste en mi primer sobrino, en la alegría viva de la casa y en la adoración absoluta de tus abuelitos. “Dios le guarde el paso al nene”, decían todos. Yo tenía apenas 13 años y no sentí ni un segundo de celos; al contrario, por primera vez comprendí lo que era querer ver a alguien recibir todo el amor y la atención de la familia.
Aún guardo en el corazón tus primeros tesoros: tu primer juguete de baterías y aquel pollito amarillo de cuerda que solo daba picotazos. El festejo de tu primer año fue todo un acontecimiento en la colonia; se juntó con tu bautizo y la casa se llenó de vida, con más de 75 personas celebrándote. Cuando cumpliste dos años, tus abuelitos, Tin y Adolfo, celebraron a lo grande, con una alegría bárbara que aún me saca una sonrisa. Después te fuiste a tu casa y las dinámicas cambiaron, pero el vínculo jamás se rompió.
Imposible olvidar la vez que te llevé a escondidas a Xela. Te compré un chalecquito típico. Ibamos con la estudiantina y vos te viniste dormido todo el camino de regreso; yo venía velando tu sueño, con los ojos hinchados por no dormir, pero feliz de cuidarte. No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que me dijiste “tío”, ni cuántas veces resonó esa palabra en mis oídos, pero de lo que sí estoy enteramente seguro es de que cada vez que me llamaste y me necesitaste, allí estuve y jamás te fallé. Fuimos al cine incontables veces, te quedabas los fines de semana en la casa... creamos recuerdos que hoy son mi mayor refugio.
Cuando nacieron tus hermanos, demostraste el alma noble que tenías: fuiste un hermano mayor ejemplar, amoroso y protector. La fiesta en la casa siempre comenzaba cuando ustedes llegaban: eran la luz, la bulla y la chispa de todos nosotros.
Sin embargo, la vida nos puso a prueba demasiado pronto. La tragedia tocó a tu puerta cuando tu papá partió al cielo de una forma tan prematura como dolorosa. A partir de ese momento, el mundo cambió para vos y para todos. En medio del dolor y del gentío, preferí guardar un silencio respetuoso, viendo cómo muchos prometían un apoyo que con los años se disolvió en puras palabras. Pero no hay rencor; entendí que así es la cultura. Lo verdaderamente importante fue que vos, con solo 13 años, asumiste con valentía un papel que no te correspondía: fuiste hermano, guía y el pilar fundamental de tu mamá. Y cuando tu abuelo te dijo que te tocaba ser el hombre de la casa, apenas dos meses después él también emprendió su viaje al cielo.
Justo cuando buscábamos un respiro, el destino volvió a sacudirnos. A mí me dejó sin la presencia de tu abuelita, mi madre querida, quien te adoraba con el alma; y a vos te tocó enfrentar el hallazgo de un corazón demasiado grande... un corazón de condominio que lamentablemente estaba enfermo. Ver sufriendo a ese corazón gigante nos hizo pedazos, pero allí estuvimos, unidos, abrazándote en cada paso.
“Alejandro y las comunicaciones”... una historia que llevabas en las venas. Tenías apenas un mes de nacido cuando pisaste Canal 7 y ya todos se peleaban por cargarte. Acompañabas a tu papá a las transmisiones deportivas y creciste entre micrófonos y cámaras. Cuando llegaste a Radio Sonora, en la familia le pedíamos a Dios que no te diera por el periodismo, pero la sangre llama con fuerza. Y qué orgullo verte brillar: te ganaste a pulso el corazón, el respeto y la admiración de todos. Eras, en definitiva, un patojo con estrella.
Cada Semana Santa, muy de madrugada, yo buscaba la mejor esquina para tomarte fotos mientras cargabas. Eras un devoto entregado y, como decimos en buen chapín, recachureco. Este 2010 marcó tu debut oficial como reportero en la procesión del Viernes Santo de la Iglesia de la Merced. Aún escucho tu voz preguntándome: “¿Qué hago, Tío?”, y mi respuesta: “Apunta todo y tírate al agua”. Mientas iba con Emilio en un taxi de regreso a casa, sintonicé tu reporte. Te escuchaste algo titubeante al principio, pero sereno, claro y con una dicción impecable. Me invadió un orgullo inmenso. Quién iba a imaginar que esa transmisión sería tu despedida periodística y tu última Semana Santa entre nosotros.
Hoy que ha pasado una semana desde tu partida, la tristeza pesa, pero la fe nos sostiene. La vida decidió que era momento de que fueras al reencuentro de tu papá y de tus abuelitos. Estoy seguro de que el cielo estuvo de fiesta al recibirte. Salúdamelos a todos, deciles que los extraño con el alma, pero que aquí abajo seguimos honrando su memoria.
A vos, mi Chinito, no me queda más que darte infinitas gracias. Gracias por haberme cambiado la vida con tu existencia y por enseñarme tanto, incluso a través de tu partida. Gracias por cada alegría, por cada abrazo y por regalarme el honor de ser tu tío preferido, aquel que todo te consentía... aunque hoy me cueste aceptar que te haya permitido irte tan pronto.
Descansa en paz, mano. Sé que en el cielo hay mucho por hacer, pero al fin estás tranquilo, rodeado del amor de quienes se nos adelantaron. Cuando te entreguen tus alas, asómate en mis sueños y enseñámelas, porque estoy seguro de que te vas a ver guapísimo.
P.D. Nada de andarte llevando a nadie todavía; esos viajes se hacen solito.
Te quiero mucho y te querré siempre,
Tu tío,
Gustavo Valle
Hola Gustavo, se me hizo un nudo en la garganta al leer lo que le escribiste a Mauricio...ANIMO!!!
ResponderEliminarMaritza Ruiz
MUY BONITO MI TAVO PERO A VECES UNO QUIERE TENER CERCA A LAS PERSONAS QUE AMA PERO RECUERDA QEU LOS ANGELES VIVEN EN EL CIELO, MARIO DAVID
ResponderEliminarhttp://supermanguatemala.blogspot.com
Qué buena onda que te portaste de a h... con tu sobrino, todo se debe mostrar en vida y los mejores momentos con una persona se disfrutan en este planeta tierra y vos lo viviste. Todos tenemos el mismo destino, hoy, mañana o pasado, ricos pobres, no importa. Lo importante que entiendo, es lo que escribiste en esta carta, la forma de cómo ustedes se querían y apoyaban. ¡¡¡Animoooooo...!!! Gusanito. Atto. Enrique Pablo
ResponderEliminarLa verdad, Gustavo, es que a mi el tema de los músculos no me apasiona como a vos. Sin embargo, el artículo que le dedicás a tu sobrino, me conmovió. Se ve que lo escribiste con el corazón.
ResponderEliminarVos gusanito, como te decía, el tema de los músculos no va conmigo, porque soy casi un alfeñique. Pero este artículo que le dedicaste a tu sobrino, me conmovió. Está claro que lo escribiste con el corazón.
ResponderEliminarTavito, esto es "pan para el espíritu", no puedo decir más.
ResponderEliminarNe agrado mucho este su articulo...que interesante y que profundo. Lo exhorto a seguir escribiendo...Gusanito....felicitaciones!
ResponderEliminarAlicia